domingo, 30 de diciembre de 2018

Religión y violencia


Un argumento en contra de la creencia religiosa es que provoca comportamientos fanáticos y conductas violentas. Y, en efecto, hay una larga historia de persecuciones, imposiciones, represión, tortura y muerte ligada a la religión, o a algunas religiones.
El egiptólogo alemán Jan Assmann apunta hacia lo que llama "distinción mosaica", como uno de los orígenes de la intolerancia religiosa. Esa distinción, que habría comenzado con el faraón Akhenatón, inauguró en el mundo antiguo una forma de creencia que incluye la exclusión de otros credos.
El monoteísmo de Akhenatón habría sido el primero en postular no sólo la existencia de un dios, sino, a la par, la inexistencia y falsedad de todos los otros. En ese sentido fue una "contrarreligión", es decir, una religión que se ve a sí misma como opuesta a las anteriores.
Algunos estudiosos han dividido las religiones en "primarias", que tendrían una base cosmoteísta, es decir, inmanente, en la que las divinidades forman parte del mundo y se relacionan con fuerzas de la naturaleza, son muchas y no se excluyen, y las "secundarias", más recientes, que postulan una divinidad trascendente, fuera del mundo, y que vienen a imponerse sobre las primarias, juzgadas de primitivas, paganas, demoníacas.
Las religiones politeístas con base primaria eran más tolerantes con otras tradiciones religiosas. Los dioses extranjeros no eran negados, sino más bien integrados. La postura era considerar que un dios venido de fuera era equivalente a uno propio o, si no, un dios no reconocido todavía, que merecía culto. Eso se aprecia, por ejemplo, en la antigüedad grecorromana, que fácilmente sumaba dioses, a veces por moda cultural.
El monoteísmo de Akhenatón, que data del siglo XIV a. C., habría sido la primera o una de las primeras religiones secundarias, con su culto exclusivo a Atón, que buscaba eliminar el culto de cualquier otro dios del numeroso panteón egipcio.
Egipto se sumió en una guerra civil y en un grave conflicto interno entre el faraón y la poderosa casta sacerdotal de Tebas. Akhenatón trasladó la capital a Amarna y emprendió toda una serie de reformas, no sólo religiosas sino también políticas y estéticas. No tuvo éxito, los faraones que le sucedieron gradualmente recuperaron las antiguas tradiciones y el nombre de Akhenatón fue borrado de la lista de reyes. Se quiso sepultar su recuerdo.
Una hipótesis interesante de Assmann, teórico de la "memoria colectiva", es que el trauma histórico del monoteísmo de Akhenatón habría quedado latente, como reprimido. Y cuando los egipcios se encontraron, en época helenística, con el monoteísmo de los judíos, su reacción fue de rechazo, pues los remitía a su propia experiencia traumática y violenta con el monoteísmo de Atón, que databa de un milenio atrás. Ése sería uno de los orígenes del antisemitismo en la Antigüedad.
El monoteísmo judío sería otro ejemplo de religión "secundaria", basada en una revelación divina, con una verdad que se recoge en textos sagrados. Niega a las demás religiones y se ve a sí misma como la única verdadera. Pero una característica del judaísmo es que está ligado a un pueblo, que se considera el elegido por el único dios verdadero. Por ello, no busca imponer su culto a otros pueblos, sino sólo preservarlo. No es una religión misionera ni que busque la expansión de su credo. En lugar de colonizar, se aísla, se segmenta, se autoexcluye.
En cambio, el cristianismo, un monoteísmo derivado del judaísmo, también basado en la revelación y en escrituras sagradas que guardan la verdad, se presentará como religión universal. Será por esencia expansivo y cuando se vincule con el poder político romano, se propagará hasta donde pueda. Como es la única religión verdadera y su dios es el único que existe, se justificará no sólo la negación de las otras religiones y dioses, sino también su eliminación, su destrucción. La conversión no será una opción sino una obligación.
El aspecto militar e imperialista ligado al monoteísmo se verá también, en forma más aguda, en el islam, otra religión del mismo tronco que el judaísmo, igualmente basada en una revelación y en escrituras sagradas. Mahoma mismo, el profeta que recibió la revelación en una cueva, fue también un líder militar, que encabezó la destrucción de cultos previos en la península arábiga. El islam se expandirá sobre los infieles, con apoyo del poder militar.
Ahora bien, ése un aspecto del monoteísmo, es el "precio" que, según Assmann, se ha tenido que pagar para dejar atrás las religiones cosmoteístas y abrir camino a una espiritualidad más profunda que la presente en las religiones "primarias".
Europa se configuró según la cosmovisión cristiana, dominante durante toda la Edad Media. Y el islam ha marcado la identidad de las sociedades de oriente próximo.
Pero el cosmoteísmo se ha mantenido latente. No ha sido eliminado del todo. Assmann tiene la hipótesis de que las religiones naturalistas, inmanentes, de base primaria, han logrado retornar y han influido también en la historia de occidente, aportando elementos culturales.
Así, por ejemplo, el Corpus hermeticum, atribuido a Hermes Trismegisto, un sacerdote egipcio, o la Hieroglyphica de Horapolo, un tratado sobre los jeroglíficos egipcios, fueron popular en el Renacimiento. Saliendo del molde cristiano, diferentes pensadores como Marsilio Ficino y Pico della Mirandola buscaron una síntesis de religiones, que llamaron "Prisca theologia", una verdad común detrás de todos los credos.
Es como si el cosmoteísmo retornara para superar la "distinción mosaica" excluyente y aportara elementos para una síntesis incluyente. Eso también se habría notado en la Ilustración y la masonería, donde se pueden rastrear igualmente herencias egipcias y orientales anteriores a las tres grandes religiones monoteístas.
De manera que podría defenderse la tesis de que grandes corrientes de la modernidad que han colaborado en la secularización de occidente han estado influidas por tradiciones no monoteístas, de base primaria y cosmoteísta. Así, la sociedad cristiana europea construida sobre las bases del monoteísmo habría sido transformada, en buena medida, por un corriente de pensamiento subterránea que hizo retornar elementos de renovación precristianos.
Es como si occidente, con su armadura simbólica cristiana, estuviera por doquier acosado, desde dentro, por tradiciones no cristianas ni monoteístas, algo que también puede reconocerse en el Romanticismo, por agregar otro ejemplo. El "hen kai pan" de los románticos, es decir, el panteísmo moderno, con antecedentes en el dios oculto egipcio, el dios de Jenófanes o el de los neoplatónicos, sale del molde monoteísta y vuelve a anudar la naturaleza y la divinidad, lo que es claro en el idealismo de Schelling.
La religión ha sido fuente de violencia, es verdad, pero habría que entrar en detalles. Rechazar de tajo la religión, sin hacer distinciones, pasa de la verdad a la verdad parcial y roza la falsificación por omisión histórica y reflexiva. La religión monoteísta puede ser considerada un avance, así como el retorno del cosmoteísmo en la modernidad debe ser valorado en sus aportes.
La construcción de una sociedad en la que creyentes de todos los credos y también los no creyentes tengan lugar es posible. No es necesario caer en una nueva "distinción" que niegue toda creencia religiosa en nombre de una ideología política o de la ciencia.
De hecho, la postura peligrosa no es la de creer o no creer sino la de considerar la creencia propia como la única verdad y atribuir la falsedad a todas las demás, con afanes de imposición y expansión. Los que eso hacen desde la ciencia o desde la ideología quizá no se den cuenta que están repitiendo un esquema religioso, el del monoteísmo militante que tanto dicen combatir.

jueves, 29 de noviembre de 2018

López Obrador y el centralismo




Si consideramos que la Constitución de Apatzingán no tuvo efecto en todo el territorio nacional y fue más bien un proyecto, podemos decir que la Constitución de 1824 fue la primera Ley Suprema de México. Establecía una república federal, que sustituyó al imperio encabezado por Iturbide. Contemplaba 19 estados y cuatro territorios, con la idea de que esos estados serían soberanos y de manera voluntaria formarían parte de la federación, que se llamó, por tanto, Estados Unidos Mexicanos.

La influencia era estadounidense, tomaba como modelo la manera en que las Trece Colonias conformaron una sola nación. Pero la situación era evidentemente distinta. En cierta forma se trató de un artificio. No es que la población de los estados decidiera voluntariamente unirse a una federación. Más bien los que diseñaron esa primera constitución dividieron el país en estados, que desde entonces fueron adquiriendo autonomía e identidad.

La Constitución de 1824 se aplicó en un país sumido en la inestabilidad. Con el régimen de Santa Anna, iniciado en 1833, se reveló lo endeble de las instituciones. El veleidoso político y militar cedió el poder a Valentín Gómez Farías, su vicepresidente, quien aplicó una serie de reformas anticlericales, que incluían la supresión de órdenes monásticas y la abolición de fueros para miembros del clero.

La reacción católica no se hizo esperar y se le exigió a Santa Anna no sólo regresar al poder sino anular las reformas de Gómez Farías. Así lo hizo el general, que entonces empezó a poner en práctica políticas de corte conservador y centralista, condensadas en un grupo de leyes, llamadas las Siete Leyes, promulgadas en 1836.

Además de que se acotó la ciudadanía y se exigió un ingreso mínimo para poder votar, por ejemplo, se fortaleció la figura presidencial, sobre los poderes legislativo y judicial. Pero lo más importante es que se suprimió la república federal o federación de estados, que fueron convertidos en departamentos, con gobernadores nombrados desde el centro.

Este proceso centralizador trajo como consecuencia, entre otros efectos, el intento de independencia de varios estados y territorios. El caso más grave fue el de Texas, que logró su independencia en 1836. Cuando una década después Estados Unidos de América se anexó Texas, estalló una guerra que provocó que México perdiera vastas zonas del norte, más de la mitad de su territorio original.

Los departamentos de las Siete Leyes centralistas de 1836 contarían con un gobernador elegido por el mismo presidente y con legisladores locales igualmente nombrados por el ejecutivo.

Después de los numerosos periodos presidenciales de Santa Anna, y también de su dictadura, será hasta el Plan de Ayutla, en 1854, que los liberales, encabezados por Juan Álvarez, emprenderán el proceso para convertir a México de nueva cuenta en una república federal, lo que se logró con las Leyes Juárez, Lerdo e Iglesias y, sobre todo, con la Constitución de 1857, promulgada durante la presidencia de Ignacio Comonfort.

Los conservadores de aquel periodo, como se sabe, lanzaron el Plan de Tacubaya para anular las leyes liberales y los aspectos de la Constitución de 1857 que más afectaban a la iglesia católica. Implementaron las llamadas Cinco Leyes, que devolvieron los privilegios al clero y al ejército. Eso desató la Guerra de Reforma, en la que Juárez, que había asumido la presidencia, logró derrotar a los conservadores, que, sin embargo, terminaron por recurrir a Francia e imponer a un emperador, Maximiliano.

Los tiempos habían cambiado. Maximiliano mismo era liberal, creía en la separación de la iglesia y el Estado y la libertad de culto. Otra vez Juárez logró recuperar la presidencia, con apoyo de Estados Unidos. Y reestableció la república federal.

López Obrador se dice juarista, aunque ciertamente no se le ve el lado anticlerical. Acusa a sus adversarios de conservadores, pero hay que preguntarse en qué sentido él sería liberal. Parece referirse a la historia de México en el siglo XIX. Y entonces hay que tomarle la palabra.

Una de sus propuestas, por ejemplo, es nombrar “delegados” en cada estado, que representen al gobierno federal. Esas figuras han levantado polémica, pues se cree que podrían convertirse en un poder paralelo al de los gobernadores. 

Morena argumenta que los delegados se encargarán de los programas sociales federales en los estados, inspeccionando su correcta implementación. Coordinarán las delegaciones del gobierno federal y dependerán de un coordinador general, que a su vez estará subordinado al ejecutivo. Los partidos de oposición señalan que esos delegados servirán como operadores electorales, manipulando el presupuesto de los programas y las delegaciones federales para crear una base electoral favorable a Morena.

En el caso de Jalisco, Carlos Lomelí, que fue candidato a gobernador, será el delegado estatal, lo cual al menos resulta sospechoso. Es evidente que desde esa posición tendrá incidencia en la vida política de Jalisco y resulta previsible que vuelva a buscar la gubernatura. Los programas federales y las delegaciones se convertirán en su plataforma.

Si los delegados fueron personajes meramente burocráticos, la situación sería distinta, pero la verdad es que López Obrador ha elegido perfiles políticos, como en el caso de Lomelí. Eso lleva a pensar que los delegados estarán ahí para cobrar notoriedad y preparar sus próximas campañas. Sería una colocación desde el gobierno federal de alfiles en los estados.

Ya hay reacciones. Enrique Alfaro, antiguo aliado de López Obrador y gobernador electo de Jalisco, ha levantado la voz contra la figura de los delegados. Tendrá que lidiar con quien fue su rival en las elecciones, el mencionado Lomelí. En esa queja, Alfaro ha recibido el respaldo de sus aliados, como Raúl Padilla, el jefe político del grupo que controla la Universidad de Guadalajara.

En los sexenios anteriores, el exceso de los gobernadores de los estados llegó a niveles grotescos. Varios de ellos están en la cárcel, han sido sometidos a proceso o están prófugos. La figura del gobernador ha estado tan mancillada como la del presidente, o quizá más. Un presidente tan popular como López Obrador podría verse tentado a ejercer el poder en los estados, es lo que teme la oposición.

Es la manera en que hoy se manifiesta la historia del centralismo y el federalismo, que han estado ahí desde los inicios de México como Estado.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

AMLO y los límites de la democracia


López Obrador ha mostrado una tendencia a someter a consulta casi cualquier tema. Ha hablado de consultar sobre la despenalización del aborto, por ejemplo, y el matrimonio homosexual.
"Que se consulte" ha sido su lema. Y ya lo ha aplicado. El caso más reciente es de la cancelación del aeropuerto. Aun cuando ya había expresado su postura a favor de que ese proyecto, ya avanzado, se suspendiera definitivamente y se construyeran dos pistas en Santa Lucía, por una serie de argumentos, convocó a una consulta para tomar la decisión.
Independientemente de las razones a favor de Texcoco o de Santa Lucía, el ejercicio mismo de la consulta levantó polémica, pues no tuvo un marco jurídico, no lo organizó una instancia como el INE, no fue clara la metodología de instalación de casillas, fue claro que hubo deficiencias en el registro de los votos, etcétera.
Más allá de eso, se prefiguró una forma de exceso e incluso de abuso: el que participó en la consulta, que pretendió ser de alcance nacional, tenía dos opciones, Texcoco o la pista militar de Santa Lucía, aunque varios habitantes de los alrededores de este último lugar se oponen a la obra también.
Mucha gente que vive cerca de la base militar de Santa Lucía se opone a que ahí se construya el nuevo aeropuerto, así como mucha gente que vive cerca del proyecto de Texcoco se opuso durante años. ¿Valen más las razones de unos que de otros?
El que votó lo hizo pensando en la laguna Nabor Cariilo, en la gente de Texcoco, en el sobreprecio, en la corrupción, pero no en los habitantes de Santa Lucía. Ellos quedaron en la sombra. En el afán por impulsar la cancelación del nuevo aeropuerto y sustituirlo por nuevas pistas en la base militar, se terminó por ignorar a los posibles afectados del cambio.
La dicotomía "Texcoco o Santa Lucía" se impuso como única. Y la mayoría que participó terminó decidiendo.
Nos podemos preguntar si esto es legítimo. Si una decisión democrática, entendida de manera simple, es siempre la más legítima o la que debe seguirse. Es una versión simple de la democracia porque deja fuera los límites que tiene toda democracia, a menos que degenere en otra cosa.
La democracia, como decisión de la mayoría tiene, por ejemplo, el límite de los Derechos Humanos, que son de cada persona y también de grupos, que pueden ser minoritarios en una sociedad. Esos derechos, muchos de los cuales se consideran inalienables (es decir, que nunca se pierden), no pueden ser atropellados porque así lo decida una mayoría consultada.
Si entendemos, por ejemplo, que el llamado derecho a decidir de las mujeres es de este tipo, es absurdo que despenalizar el aborto se someta a consulta. Igualmente, si entendemos que los homosexuales deberían tener derecho a contraer matrimonio civil, carece de sentido que eso dependa de un procedimiento democrático.
La democracia, en suma, no puede estar por encima de derechos individuales (de cada mujer, por ejemplo) o de las minorías (étnicas, religiosas o de preferencia sexual, por mencionar algunas).
Así, la consulta sobre el "Tren Maya" o sobre la nueva refinería en Tabasco podrían significar atropellos si atentan contra derechos de grupos indígenas en la zona. Esos derechos no pueden ser denegados por una consulta, por más amplia que sea. En todo caso, los primeros (y quizá los únicos) que deberían ser consultados son los grupos indígenas que podrían verse afectados.
Más recientemente, López Obrador ha hablado de no perseguir a los corruptos de sexenios anteriores. Es su famoso "borrón y cuenta nueva". Esa afirmación revela una invasión de potestades. El titular del poder ejecutivo no es el que debería decidir si se persigue o no un delito. Si el presidente tuviera esa atribución, decir a quién perseguir y a quién no, o qué delitos castigar o cuáles no, difícilmente podríamos hablar de un estado de derecho.
El presidente electo, ante los que lo han criticado por sus declaraciones, ha aceptado que podría someter a consulta si se perseguirá o no a los "grandes corruptos", incluidos los expresidentes. Volvemos a lo mismo, la democracia tiene límites. Aquí serían las mismas leyes vigentes, que antes tendrían que ser modificadas, pero también el derecho a la justicia, que es parte de los Derechos Humanos.
La llamada "amnistía" que AMLO ha anunciado para los criminales podría atentar contra ese derecho, el del acceso a la justicia para las víctimas. Ninguna consulta o procedimiento democrático puede conculcarlo.
Más allá de esos derechos que la democracia no puede simplemente ignorar o atropellar, tenemos otro límite, el de los fines u objetivos de la democracia.
Desde la antigua Grecia se entiende que la democracia y cualquier régimen virtuoso, en términos de Aristóteles, tiene como fin el bien común. Un régimen que en apariencia sea democrático pero no vele por el bien común no sería en términos estrictos una democracia. Aristóteles le llama demagogia, una degeneración de lo democracia que no vela por el beneficio de los gobernados, sino, si acaso, de los gobernantes.
Un líder demagógico puede impulsar consultas con discursos engañosos y procedimientos tramposos y lograr que una mayoría vote a favor de decisiones que perjudican el bien común, el bien de los propios gobernados. La democracia habría sido utilizada en contra de sus propios fines y ya no sería democracia.
Los Derechos Humanos, las garantías individuales, el estado de derecho, las leyes vigentes, el bien común, son límites de una democracia sana, según la filosofía política de cuño liberal.
Al elevar las consultas como principal criterio en variedad de temas, López Obrador corre el riesgo de sobrepasar esos límites y deformar la democracia en otra cosa, una versión degenerada, en perjuicio de todo el conjunto social.

domingo, 7 de octubre de 2018

El nieto de Malcolm X y yo


Malcolm Shabazz era hijo de una hija de Malcolm X, nació el mismo día que yo, el 8 de octubre de 1984.
Vivió con su abuela. Pronto reveló tendencia peligrosas, de esquizofrenia y otros desórdenes mentales. Cuando tenía doce años le prendió fuego a su casa. Betty Shabazz, la viuda de Malcolm X, murió por las quemaduras. El niño fue recluido un tiempo en un centro de detención juvenil.
Ya en la adultez estuvo involucrado en robos y destrucción de propiedad privada. Fue a prisión en varias ocasiones. En 2010, siguiendo su fe musulmana, peregrinó a La Meca. Intentó establecerse en Medio Oriente. Vivió en Siria. Volvió a Estados Unidos. Se involucró en el activismo afroamericano.
En épocas de terrorismo fundamentalista y de la guerra civil en Siria, el hecho de que el nieto de Malcolm X pasara temporadas en aquella región del mundo probablemente provocó escozor en más de algún funcionario del gobierno estadounidense.
En febrero de 2013, mientras preparaba un viaje a Irán desde Middletown, Connecticut, fue detenido. En un pronunciamiento público, acusó a la CIA y el FBI. Según reveló, su intención de viajar a Irán era participar en un festival de cine en Teherán.
Temía que lo asesinaran. Escribió que, si la CIA quería deshacerse de él, no lo haría un agente de traje y corbata, sino quizá la policía local del lugar donde estuviera, manipulada o bajo las órdenes de la agencia de inteligencia.
En mayo de 2013, un par de meses después de ese arresto, Malcolm Shabazz viajó a México. En la capital, junto con un amigo, estuvo en un bar cercano a Plaza Garibaldi.
El mesero pretendió cobrarles una cuenta de 1200 dólares. Se quejó. Le dijeron que cada cerveza costaba 30 dólares (casi 400 pesos en ese momento). Le cobraban también el servicio de sonido, la propina y el asiento. Se negó a pagar. Le apuntaron con una pistola, lo sometieron y lo metieron a un cuarto.
A su amigo le robaron la cartera y el teléfono, pero logró escapar. En cambio, Malcolm Shabazz fue golpeado por varias personas, cinco o seis. Era el 10 de mayo, Día de las Madres. Lo recogió una ambulancia. Fue trasladado a un hospital, pero no sobrevivió. La autopsia reveló que lo habían molido a golpes en la cabeza y el abdomen con un tubo u un bate.
Su cadáver fue entregado después de cuatro días a la embajada de Estados Unidos. La prensa determinó que su caso era uno más de jóvenes golpeados por no querer pagar la cuenta en los bares del centro. Unas mujeres habían atraído a él y a su amigo, los habían inducido a gastar y, ante la negativa de pago, recibieron una golpiza. Sólo que ahora "se les pasó la mano".
Malcolm Shabazz tenía 28 años.
Así terminó la vida de uno de los descendientes de Malcolm X.

sábado, 22 de septiembre de 2018

La rebelión de Miguel Hidalgo y nosotros


En 1808 Napoleón ha ocupado oficialmente España, ha obligado a Carlos IV y a su hijo Fernando VII a abdicar y los ha hecho prisioneros. En su lugar, ha impuesto a su hermano mayor, que es coronado como José I Bonaparte.

En Nueva España se desata una crisis. Los criollos ilustrados, que dominan los ayuntamientos, proponen que, en ausencia del rey (pues nunca reconocerán al usurpador francés), el pueblo debe retomar la soberanía, representado por las autoridades de los cabildos. Los peninsulares opinan que la Real Audiencia (que controlan) junto con el virrey resguarden la autoridad de Fernando VII.

El virrey José de Iturrigaray parece vacilar. Y el 15 de septiembre de 1808 los peninsulares lo derrocan. Colocan en su lugar a Pedro de Garibay, que gobernará sólo con la Real Audiencia. Los criollos han sido ignorados y reprimidos. Muchos de ellos, cancelada la vía institucional, se convencerán de que sólo con las armas vendrán los cambios.

Hacen conjuras, se descubre una en Valladolid, hoy Morelia. Se descubre otra en Querétaro. Y con la premura de la persecución, Miguel Hidalgo, que la dirigía, llama a las masas a la rebelión, exactamente dos años después del golpe contra Iturrigaray.

Hidalgo es un líder carismático, lo sigue la masa de indígenas y miembros de las castas. Es un sacerdote, hay un componente religioso y milenarista en su liderazgo. Son los buenos, los oprimidos, contra los malos, los gachupines. La Virgen de Guadalupe es el símbolo de la revolución.

Los criollos no querían eso. Siendo una clase ilustrada, sentían que merecían más frente a los peninsulares. Pero nunca pensaron en la plebe, las mayorías de indígenas y mestizos. La situación los ha obligado a convocarlos. Son una clase media que ha tenido que buscar apoyo en los sectores populares. Hidalgo es el contacto.

Pero las masas son indomables. Muchos criollos se horrorizan. Ignacio Allende, un militar, es incapaz de imponer la disciplina. Se distancia de Hidalgo, que elimina la distinción de castas, restituye las tierras a los indígenas y declara abolida la esclavitud. Parece que ha pasado al bando de la plebe.

La revolución se radicaliza. Los peninsulares, el alto clero, los propietarios de las minas, los grandes hacendados, todos hacen grupo con las tropas virreinales, hacen donativos, condenan al cura rebelde, apunta con terror contra la masa de indios.

Muchos criollos que en principio simpatizaban con los cambios, se echan para atrás. No es la revolución que esperaban. Sienten que se ha desbordado el río, que las cosas se han salido de control. Se hacen conservadores.

Después de un camino de victorias, Hidalgo decide no marchar sobre la capital, retrocede, se reagrupa en Valladolid, es recibido con gloria en Guadalajara, donde José Torres ha tomado la ciudad en nombre de la independencia.

Pero cambian las cosas, la indiada de Hidalgo es derrotada en Puente de Calderón. Allende rompe con el líder. Poco después serán capturados, juzgados y ejecutados. La Guerra de Independencia será continuada por Morelos y por otros. Se prolongará una década.

Hay lecciones. Una de ellas es que la clase media suele ser la que, por tener más formación y más ideas, inicia los movimientos. Así fue en la Independencia, pero también en la Reforma con Juárez. Y en la Revolución, con Madero.

Pero las ideas no bastan. Y la clase media no es muy numerosa. La dinámica histórica la obliga a llamar en su ayuda a las masas, las enciende, las inflama, despierta en ellas el ánimo de levantarse, enciende la chispa del descontento, las vejaciones, las humillaciones.

Pero una vez que las masas se alzan, siempre se salen del control de la clase media. La revolución cambia de protagonista. Y los miembros de la clase media tienen que unirse a la rebelión popular o terminar por combatirla. Los criollos dieron paso a los indios. Madero dio paso a Zapata y a Villa.

Así, en 2012 el #Yosoy132 empezó entre la clase media juvenil y universitaria. Pero pronto movimientos populares se sumaron. La CNTE, los macheteros de Atenco y el SME participaron. Muchos de los dirigentes del movimiento surgido en la Universidad Iberoamericana pintaron su raya. Otros se radicalizaron. El movimiento se partió.

Así también Pedro Kumamoto. Su llamado a la "sociedad civil" no distingue entre clases. Uniforma a todos, clase media y clase popular, como si fueran un solo grupo frente a la "clase política". Evade la división social, con el objetivo de tener el apoyo de todos. Pero para unos parece muy radical y para otros muy moderado. Se queda en medio, indefinido, tibio. No se atreve a levantar causas del sector de los trabajadores. Y tampoco rompe formalmente con las masas.

La clase media, que igualmente detonó la revolución en Francia, como la detonó en Rusia, pronto pasa a segundo término, cuando el pueblo bajo toma en sus manos la transformación. Esa clase media se fragmenta rápidamente. Unos se dejan llevar y otros no.

Porque en la historia no hay medias tintas. O se es radical o se es reaccionario. Y cuando toca la hora de los cambios, hay que escoger irremediablemente un camino.

sábado, 15 de septiembre de 2018

El espectro y el espíritu en las fiestas patrias


En el Grito tenemos el doble retorno, el de los espectros y el de un espíritu.
El del espectro es el del poder, que conjura a los rebeldes para legitimarse. El presidente los nombra, los aprovecha, los refiere, para encabezar un rito de Estado que pretende reforzar la unidad de la nación que gobierna. Se trata de un regreso cíclico y vacío de los muertos, que forma parte de una liturgia política que consolida el régimen. Se trata de hacer rondar a los espectros de la revolución de Independencia como mero adorno de la estructura de poder.
Pero ese retorno espectral irremediablemente evoca un espíritu, lo sugiere, lo hace presentir. Es el espíritu de la rebeldía, de la actitud progresista y revolucionaria que llevó al padre Hidalgo a rebelarse contra la autoridad virreinal, que inspiró a Morelos, a Aldama, Allende, Matamoros, Leona Vicario, a Josefa Ortiz, a Javier Mina.
Si ese espíritu algún día prende en la masa, en lugar de servir de eco de los poderosos, alzará el grito contra ellos y los derribará.
El espectro regresa en la fiesta organizada por el poder y para el poder vigente. Es el oropel, el ornato, el aprovechamiento del pasado y de la historia para fundamentar la hegemonía, el statu quo, la autoridad de lo que ostentan los cargos, hace venerable al Estado, las instituciones, el gobierno. Es la fiesta que meramente reinicia el dominio.
El espíritu no regresa tan fácil, pero está latente. Y la fiesta del poder, que pretende aprovecharse espectralmente de la memoria, es el mismo momento en que el espíritu se insinúa, se presiente, peligrosamente.
El mismo instante de fiesta que sirve para afianzar el estado de cosas podría ser el del resurgimiento del espíritu, que tiraría abajo toda la estructura, en una auténtica revolución, no una pantomima de la misma.
En esa dialéctica del retorno, que tiene que ver con lo sagrado, lo político y lo estético, se juega la conservación o la transformación de la realidad.
Lo normal que el instante de lo anormal, la fiesta, esté ritualizado, reproducido, controlado, aprovechado, organizado, que el relajo, el desorden, lo extraordinario, permanezcan en el marco de las instituciones, de lo político, del Estado y el mercado, como mera repetición inocua, teatral, de la revolución y del cambio radical.
Pero el espíritu podría romper esas formas, retornar auténticamente, convertir la fiesta del poder en una nueva revolución, que irrumpa otra vez, como en el origen, un retorno verdadero de lo que por ahora es sólo rememorado.
Por eso el espectro es siniestro, porque, incluso involuntariamente, hace que se presienta el espíritu que vendría a destruirlo todo y a fundar un nuevo régimen. Es el guiño de lo que debía permanecer oculto, pero se revela.
El espectro puede él mismo abrir el resquicio para que regrese el espíritu.

domingo, 9 de septiembre de 2018

La escalera





Luchó en Vietnam. Después de la guerra había vivido en Alemania con su primera esposa. Tuvo dos hijos. Un vecino suyo también era militar, estaba casado y tenía dos hijas. Los matrimonios hicieron amistad.

En 1983, la revolución socialista llegó a la isla de Granada. Fuerzas cubanas, con asesoría china y soviética, tomaron el poder. Estados Unidos intervino, su vecino fue llamado a combate. Falleció. Sus hijas quedaron con su madre, que poco después murió también, de un derrame cerebral y una caída.

Al ver la desgracia de sus vecinos y amigos, decidió adoptar a las niñas, eran bebés. Se mudó a Estados Unidos. Se divorció, con sus dos hijos biológicos y sus dos hijas adoptivas se juntó con otra mujer, que tenía una hija. Se convirtió en novelista, logró cierta fama, buscó ser alcalde de su ciudad, no lo logró. Llegó a la madurez.

Con su segunda mujer habitaba en una casa grande, con piscina y jardines. Una noche después de unas copas y una charla en la terraza descubrió a su mujer al pie de las escaleras, en un charco de sangre. Llamó a emergencias, pero no pudieron salvarla. Murió desangrada. Él lo atribuyó a una caída. La policía lo acusó de homicidio.

Su matrimonio parecía perfecto, pero en el curso de las investigaciones saldría a la luz un aspecto oculto de su personalidad. Era bisexual. Fantaseaba con militares gais. Tenía encuentros sexuales, contrataba acompañantes. La fiscalía utilizó eso en el juicio para demostrar que su matrimonio no era perfecto y que pudo haber un motivo para que matara a su esposa. La prensa se volvió loca.

Se trajo a cuento que aquella amiga suya, que había perdido a su esposo en batalla, había muerto de una caída y que su cuerpo había sido también descubierto en una escalera, con el cuello roto. Habían pasado dieciocho años, pero la coincidencia levantó sospechas. Desenterraron el cadáver, le hicieron otra autopsia, dijeron que había sido homicidio. Lo señalaron como probable responsable.

Se dijo que había mentido en sus antecedentes militares. En sus novelas y en sus discursos políticos había escrito y dicho que lo habían herido en batalla. No era verdad, fue sólo un accidente de Jeep.

Bisexual, mentiroso, con una amiga muerta, los acusadores lo habían pintado como un potencial asesino.

Las heridas de su segunda mujer eran inexplicables, no concordaban con una caída. Tenía cortes, la sangre era abundante, se reforzó la hipótesis de una golpiza.

Lo condenaron a cadena perpetua. Apeló, lo rechazaron.

Tenía ya varios años en la cárcel cuando surgió una nueva hipótesis: a su esposa la había atacado un búho. Muchos se burlaron, pero los forenses hallaron restos de plumas en el cadáver. Las heridas, que parecían inexplicables, ahora tenían una causa. Ella había muerto por las garras de un ave rapaz, se había golpeado además en la escalera y se había desangrado.

Lo liberaron después de catorce años.

La justicia necesita resolver cada muerte humana. O su mujer se había caído o él la había matado. La defensa se esforzó, con peritos, animaciones y argumentos, en mostrar que se había golpeado en un accidente. La fiscalía, con forenses, expertos y explicaciones, intentó demostrar que se había tratado de un ataque con un atizador de chimenea. Fueron meses y meses de alegatos. Ni unos ni otros tenían la verdad. El jurado tuvo que decidir entre dos opciones. Y votó por la condena.

Contra el aparato del derecho y de las instituciones humanas, la causa había sido salvaje, como salvaje es la naturaleza: en la noche un ave rapaz había confundido la cabellera de una mujer con una presa. Le hizo cortes profundos. Si ella luchó, el búho terminó por destrozarle el cuero cabelludo. La dejó desangrándose y alzó el vuelo a seguir cazando roedores.

En otras épocas una muerte humana era como una muerte en el medio salvaje. No había que culpar a nadie, ni a nadie había que juzgar. Y tampoco era posible. Pero esto es la modernidad, es América, y toda muerte debe quedar esclarecida y juzgada. La justicia tiene que dar un veredicto, el que sea.

Se trata de vigilar y castigar.