martes, 15 de mayo de 2018

El movimiento "Incel" y el feminismo


Hace 4 años, el 23 de mayo de 2014, en Isla Vista, California, un joven de 22 año llamado Elliot Rodger, estudiante de la Universidad de California en Santa Bárbara, apuñaló a tres de sus compañeros de fraternidad.
Se subió después a su BMW y grabó un video, en el que anunció sus intenciones de atacar a más personas, debido al odio que sentía porque las mujeres lo rechazaban. Quería dañar a las mujeres por no corresponderlo y a los varones sexualmente activos, por lograr lo que él no podía.
Después disparó, acuchilló y atropelló a la gente que se encontró en su camino. Mató en total a 6 personas y después, rodeado por la policía, se suicidó.
Antes de sus ataques, Rodger envió un correo electrónico con un manifiesto, en el resumió sus ideas sobre el odio a las mujeres y a los varones que tienen sexo.
Hace tres semanas, en Toronto, Canadá, un joven de 25 años llamado Alek Minassian subió a una camioneta y atropelló a la gente que pudo encontrar en el distrito de negocios de North York. Mató a 10 personas e hirió a 16.
Antes de perpetrar el ataque, Minassian había difundido en Facebook un mensaje que llamaba a la rebelión "Incel" (abreviatura de "involuntarily celibate", es decir, "celibato involuntario"). Nombraba a Elliot Rodger como su héroe e inspiración.
El movimiento "Incel" existe, en foros de internet. Su idea básica es vengarse de las mujeres por negarles el sexo. Y también de los varones que sí tienen relaciones sexuales. A las mujeres se les denomina genéricamente "Stacys" y a los varones sexualmente activos, "Chads".
Se trata de individuos frustrados sexualmente, que ahora reconducen toda esa frustración de manera violenta contra las mujeres y varones a los que envidian. Son particularmente virulentos contras las feministas.
Es una violencia de modalidad no vista, pero no esencialmente novedosa. La sexualidad en el marco patriarcal y capitalista siempre ha sido violenta. En ese marco, el varón cree tener el derecho al cuerpo de la mujer. Si una mujer se lo niega, la reacción no suele ser pacífica. Es como si lo hubieran ofendido gravemente, como si se cometiera una injusticia en su contra.
La mujer se ve como un objeto sexual del cual el varón siempre debería ser capaz de disponer y usar. El movimiento "Incel" es una reacción extrema a los cambios que el movimiento feminista ha logrado introducir en el imaginario de la sociedad machista y patriarcal.
Si hay avances del feminismo, el machismo se revuelca y produce movimientos reaccionarios. Es la dinámica de revolución y reacción. La violencia normalizada, al ser expuesta y combatida, se transforma en violencia abierta y explosiva.
Atentados como el de Rodger o el de Minassian, perpetrados por jóvenes de clase media en países de Primer Mundo, e incluso pertenecientes a sectores privilegiados, encienden las alertas de lo urgente de profundizar en la superación de la sociedad heteropatriarcal, machista y capitalista.
Si la reacción misógina y terrorista ya actúa y se organiza, es momento de que la revolución feminista se profundice. Son síntomas de que el momento es de crisis: o se logra la transformación radical o se cae en la barbarie.

sábado, 5 de mayo de 2018

Anon


Estrenada ayer en Netflix, "Anon" plantea una sociedad distópica en la que no existe la privacidad.
Los totalitarismos son sistemas políticos que borran la frontera entre lo político y lo privado. Una persona no puede tener opiniones propias fuera de la ideología oficial. Y no puede rehusarse a participar en los ritos oficiales. El Estado se entiende como una unidad superior a los individuos. Todo el que se salga del guion es considerado peligroso, una amenaza para el conjunto social.
De alguna manera se trata de un retorno: en las sociedades primitivas tribales, de las que tenemos ejemplos contemporáneos en grupos humanos de Oceanía, África y América del Sur, no se podría pensar en un individuo que no estuviera integrado a la tribu, que no se vistiera, que no comiera, que viviera como los demás, que no creyera en sus dioses o que no participara en los ritos.
Esa unidad primordial se fue fragmentando muy lentamente y alcanzó su clímax en las sociedades occidentales modernas. El individuo sintió su individualidad, a veces como soledad, frente a las estructuras sociales y frente a los demás.
El liberalismo ensalza al individuo y su libertad. Y el socialismo plantea que ese individualismo es una ilusión, que la sociedad está compuesta por clases sociales, determinadas por el funcionamiento del capitalismo. Plantea la superación de la sociedad capitalista y la construcción del comunismo, que no es un retorno simple a una unidad primordial, sino una unidad que incluye la libertad individual, una síntesis dialéctica.
El fascismo, en cambio, representa el retorno no dialéctico a una unidad forzada por el Estado, el partido y el líder carismático, que conecta místicamente con la masa y exige su participación en coreografías políticas. El Estado totalitario fue propuesto como objetivo consciente del fascismo italiano y también del nacionalismo alemán. Ahí la libertad individual se borra completamente, arrollada por las exigencias del partido en el poder.
En "Anon", la exigencia de seguridad en una sociedad futurista ha llevado a la pérdida de la privacidad de todos los individuos. Las fuerzas del orden tienen acceso a la ubicación y las vivencias de cualquier persona.
Todas los ciudadanos tienen un dispositivo ocular que graba lo que ven, y que también les permite reconocer automáticamente a cualquier persona que vean, su nombre, su edad, su ocupación.
La policía puede acceder a la visión en tiempo real y al registro de cualquiera. Así, la criminalidad es combatida de manera eficaz. Toda persona existe en el sistema, se la puede rastrear en cualquier momento, se puede acceder a lo que está viendo y saber qué está haciendo.
Pero en esta sociedad también hay inadaptados, "fantasmas", que de alguna manera (ilegal) han escapado al control. Si alguien los ve en la calle, no aparece su nombre ni sus datos básicos. Llaman la atención y por eso no suelen mostrarse mucho.
La trama presenta a una joven "fantasma" que ha destruido sus registros analógicos, que no es identificable con los dispositivos oculares, que no sale mucho a la calle y que ha eliminado los dispositivos digitales de su entorno. Lleva una vida "analógica" y es una hacker, cobra por eliminar de la "nube" episodios vergonzosos o incriminatorios de sus clientes.
Así, por ejemplo, alguien que comete una infidelidad y busca que no quede registro la contacta en un foro web, ella accede al registro, elimina los rastros del acto sexual y reemplaza esos eventos con otro tipo de escenas. Un robo, un asesinato, la compra y venta de drogas, todo puede ser eliminado antes de que la policía acceda al registro.
El Estado busca a esos "fantasmas" y los caza como elementos sumamente peligrosos. Están "anonimizados" y hay que "desanonimizarlos", es decir, meterlos al sistema.
La joven hacker entrará a un juego de persecución con un detective. Y en esa relación se desarrollará la trama.
En una memorable escena final, la "fantasma" le dejará claro al policía que no es que tenga algo que ocultar, sino que más bien no tiene nada que quiera mostrar.
"Anon" nos lleva a reflexionar en cómo existe una vía a través del miedo y el anhelo de seguridad pública que puede llevar a recortar las libertades y reducir la privacidad. Y también que es muy probable que en un Estado con atributos de vigilancia extrema sean muy pocos los que estén realmente "seguros".

domingo, 29 de abril de 2018

BLAME!



Basada en el manga homónimo publicado entre 1998 y 2003, la película de anime "Blame" fue lanzada por la plataforma Netflix en mayo de 2017. Su trama tiene un trasfondo filosófico y desarrolla el tema de la alienación.
En algunas de las páginas más conocidas de "El Capital", Karl Marx habla del "fetichismo de la mercancía". Se trata, básicamente, de una reelaboración materialista de lo expuesto por Ludwig Feuerbach en "La esencia del cristianismo", que su vez es una elaboración de la doctrina de la alienación que viene de Fichte y de Hegel.
"Alienarse", en sentido idealista, es salir de sí, el momento de la extrañación, de la exteriorización. En clave del idealismo cercano al panteísmo de Spinoza, es dios encerrado en sí mismo, en su esencia, que sale de sí como creación, para luego poder verse y llegar a la autoconciencia.
La alienación tiene un sentido. Exteriorizarse, "expresarse", extrañarse, salir de sí, crear, producir, es un momento dialéctico que prepara el retorno a sí mismo, la recuperación ya enriquecida por el trance de la exteriorización. En el tercer momento, se es autoconsciente a través de la propia obra objetiva.
El sujeto se vuelve objeto y se reconoce en su obra, llegando a la autoconciencia.
Para el materialismo de Marx, la "alienación" se da en el trabajo, cuando el obrero crea, produce, elabora un producto, valores de uso, que, sin embargo, adquieren el carácter de mercancía. Y el mundo de las mercancías viene a enfrentársele como algo hostil, que lo oprime y lo condena. Su creación se viene en su contra y ya no se reconoce en ella.
Es como dios según Feuerbach: es una creación humana que luego se presenta como algo ajeno y trascendente. Y, además, como creador del hombre. La creación humana que es dios se convierte en el creador del hombre, por alienación.
"Alienarse" para Marx es algo negativo, surge por la subducción del trabajo en el capital. El obrero no tiene control de la producción, más bien la producción lo controla a él. Está sometido a lo que él mismo produce, es lo que lo explota, le marca el ritmo de trabajo, le exige un esfuerzo y, cuando viene la sobreproducción, él es el que padece las consecuencias.
En "Blame!" se presenta un escenario postapocalíptico en el que los seres humanos han perdido el control de las máquinas.
Los "Constructores" son gigantescos androides que se encargan de levantar ciudades ultratecnológicas. Alguna vez fueron utilizados por los humanos, pero ahora que, por un extraño virus, las máquinas ya no reconocen a sus amos, los "Constructores" continúan su labor sin que nadie pueda detenerlos.
La Tierra es una descomunal ciudad interminable, de miles de niveles, galerías, pasadizos, fábricas, donde ya pocos conocen la luz del Sol. Y sigue creciendo por la labor de los "Constructores".
Pero no sólo eso. Los humanos también habían diseñado "Salvaguardias", máquinas asesinas que se encargaban de exterminar a todos los inmigrantes ilegales. Cuando se perdió el control, esas máquinas pasaron a considerar intrusos a todos los humanos y se dedicaron a aniquilarlos.
La ciudad-planeta está vigilada con cámaras, alarmas, máquinas asesinas, trampas. Y ahí habitan pequeños grupos humanos, sobrevivientes, que ya por generaciones lo único que han conocido es esconderse de los "Salvaguardias". La época en la que los hombres controlaban a las máquinas ha quedado como un mito, que pocos son capaces de imaginar y menos de creer.
Los "Constructores" que no se ocupan de los humanos, siguen y siguen levantando niveles y niveles de ciudad. Y los "Salvaguardias" continúan con su cacería de humanos, de manera automatizada.
Es la alienación al extremo. Las creaciones humanas siguen su rumbo sin tomar en cuenta a su creador. Y ahora determinan la vida de los pocos que sobreviven.
Queda la esperanza de recuperar el control de las máquinas, de ese tercer momento que supere el extrañamiento. Y la búsqueda de esa utopía que supere la distopía es el contenido del filme.

domingo, 8 de abril de 2018

La filosofía de la historia marxista



El marxismo incluye una filosofía de la historia, que hereda de Hegel. Para el filósofo idealista, la historia es el desenvolvimiento del espíritu absoluto, con momentos que culminan en la plena autoconciencia y libertad.

Dándole un giro materialista, Marx entiende la historia como una sucesión de formas sociales, compuestas por una "base" económica y una superestructura jurídica, política e ideológica. Los cambios en esa base económica, causados, por ejemplo, por avances tecnológicos, obligan a modificar el modo de producción y, en consecuencia, la superestructura. Es la revolución y es protagonizada por una clase emergente, que choca con la clase empoderada.

Así, la burguesía urbana aparece en la sociedad de esquemas todavía feudales, con la tierra como principal medio de producción. La nobleza y el clero poseen la tierra y también el poder político. Es decir, son la clase propietaria en la base y también poseen privilegios jurídicos y políticos. La ideología dominante, además, consagra su autoridad, empleando argumentos teológicos.

Con la Revolución Industrial se desarrollan, sin embargo, nuevos medios de producción, las máquinas modernas, el vapor, la mecanización de varias áreas de la economía. Viene un cambio tecnológico, crecimiento de las ciudades, lento pero constante paso de la población rural a la mancha urbana.

Aparecen en germen dos nuevas clases, la burguesía, emprendedora y entusiasta, y el proletariado, por lo regular por desposeídos del campo que buscan oportunidades en las ciudades, por miles.

La burguesía tiene poder económico, pero eso no se refleja en la superestructura jurídica ni política, y no hay una ideología que supere a los fundamentos de la monarquía, ya en fase absolutista. Surgirá entonces la ideología liberal, con una pléyade de pensadores como Hobbes, Locke, Hume, Rousseau, Kant y Tocqueville.

Guiados por esos pensadores, que vienen a forjar la autoconciencia política de la clase en ascenso, aparecerán movimientos republicanos, que buscan la revolución social y el fin del absolutismo, la jerarquía feudal y el conservadurismo reaccionario y teológico.

Se llamará "oscurantista" al "Antiguo Régimen" y se actuará en nombre de las Luces, la Razón y la Libertad. Es la Ilustración, la Modernidad, la época de oro del liberalismo.

Su gran odisea será la Revolución Francesa y una serie de revoluciones en toda Europa, que lograrán superar el absolutismo para dar paso a la república o a la monarquía parlamentaria.

La clase burguesa triunfó en lo general y obtuvo derechos para todos los "ciudadanos", en sociedades democráticas. Pero esos ciudadanos seguirán divididos en clases: la propietaria de las máquinas, la tierra, los transportes mercantes, el capital, es decir, la burguesía, y la clase de los desposeídos, que venden su fuerza de trabajo para operar esas máquinas, los proletarios. Surge así la ciudad moderna, con sus chimeneas industriales y sus escenas dramáticas de explotación.

Es una clase oprimida, pero a la vez domina a la máquina, sabe operarla. Su trabajo le da un poder, el de la producción. Y con la segmentación de los procesos toma poco a poco conciencia de que su emancipación sólo llegará coordinándose como un solo bloque. Surge el movimiento obrero.

Y así como la burguesía tuvo su autoconciencia con los pensadores liberales, aparecerá la autoconciencia filosófica de la clase proletaria, con Karl Marx como figura principal.

En este esquema de la historia y los reemplazos de formas sociales, se hará una gran analogía y se planteará que la clase antes revolucionaria, la burguesía, ahora está en el poder, goza de la propiedad de los medios de producción y el marco jurídico consagra ese derecho de propiedad. Domina el aparato político y su ideología, el liberalismo, ahora predomina casi como un dogma colectivo.

El marxismo será crítico, en un sentido profundo: reconocerá los avances de la revolución burguesa, pero mostrará que su misma configuración le impide llevar a cumplimiento la democracia plena, la igualdad, la libertad y la fraternidad. Mostrará que hay una clase oprimida, con potencial revolucionario. Y esa revolución la entenderá como un acontecimiento dictado por las leyes de la historia, es el materialismo histórico y dialéctico.

Dialéctico porque se basa en la oposición, una oposición que supera y esa superación es crítica: elimina, conserva y eleva. La sociedad burguesa ha de ser eliminada, pero conservando su contenido de progreso y elevándolo a una fase superior, el comunismo, la sociedad libre.

En Marx encontramos la autoconciencia filosófica de la clase obrera y de la nueva revolución, la socialista. Así como el método para pensar la historia, la dialéctica materialista.

Formarse en el marxismo en parte incluye asumir que hay leyes en la historia, que el motor de la historia es la lucha de clases y que la superación de una forma social lleva a cumplimiento lo que la ideología dominante proclama, pero no es capaz de cumplir.

El comunismo es la superación del capitalismo y el marxismo es la superación del liberalismo, en sentido dialéctico.

Pensar la historia como un proceso de progreso hacia la libertad a través de la autoconciencia es algo hegeliano. Y Hegel, como se sabe, comparte fuentes con la teología medieval cristiana, como Proclo.

El esquema marxista de la historia ha sido revisado y criticado dentro del mismo marxismo. Un autor importante es Walter Benjamin, quien llamó, por ejemplo, a rescatar la tradición de los vencidos, no sólo los logros de los vencedores. Propone un "freno de emergencia" ante el tren del progreso, que puede conducir también a la catástrofe. Nos recordó, frente al optimismo dogmático, que en cada momento se juega la opción de la emancipación, pero también de la barbarie. Y que la barbarie también se viste con el traje del progreso y aprovecha los avances, pero para el exterminio y la opresión, como los nazis.

La filosofía como autoconciencia puede y debe afinarse, ejerciendo la crítica y asumiendo la superación dialéctica como dinámica del pensamiento.

jueves, 5 de abril de 2018

Donald Trump y la hora de la izquierda


El modelo económico que construyeron el PRI y el PAN se basa en la dependencia hacia Estados Unidos, con el TLCAN como principal instrumento.
En la actualidad, Estados Unidos es el destino del 80% del total de exportaciones de México. El segundo país al que se exporta más es Canadá, con sólo el 3% aproximadamente. Por exportaciones a Estados Unidos, México recibe alrededor de 300 mil millones de dólares. Igualmente, las remesas que envían los mexicanos en Estados Unidos representan una gran fuente de divisas, alrededor de 29 mil millones de dólares cada año.
Fue imprudente diseñar un modelo con ese grado de dependencia. Si la economía de Estados Unidos tiene problemas, como en 2008 - 2009, puede haber un descenso en sus importaciones. En relación a 2008, en 2009, el peor año de la crisis financiera, las exportaciones cayeron 26%. Y también hay riesgos por motivos políticos. Como ahora con Trump, que amenaza con terminar el TLCAN. Si el tratado se cae o se modifica a gusto de los norteamericanos, el volumen de exportaciones se puede ver afectado.
El plan de la casta política del PRI y del PAN fue liberalizar la economía, a la vez que se la "integraba" a Norteamérica. Hubo beneficios en la apertura en cuanto al crecimiento de las exportaciones, si bien la distribución de la riqueza ha dejado mucho que desear. México es un país más desigual y la pobreza sigue siendo un problema persistente.
El modelo cuelga de alfileres con Trump. México se encandiló con la oportunidad de exportar a Estados Unidos de manera libre, con el TLCAN. Eran tiempos del fin de la Guerra Fría y se previó un dominio unipolar estadounidense, con a caída de la Unión Soviética. La derecha liberal mexicana quiso treparse al carro de los ganadores. En el camino, marcamos distancia con el sur. Nos hicieron creer que seríamos de Primer Mundo, enganchados a los vecinos del norte.
La crisis de 2008 - 2009 y ahora Trump han sido baldes de agua fría, que nos han despertado de aquellos sueños incumplidos. El mundo ha cambiado, resulta que no es unipolar. China y Rusia han resurgido y otras economías, como la India, Brasil, Sudáfrica y varios países del sudeste asiático, representan polos de desarrollo económico.
Estados Unidos, bajo Trump, sigue una pauta de las derechas ahora proteccionistas y "desglobalizadoras", busca cerrarse, se siente amenazado por el crecimiento de otras potencias, por la amenaza del terrorismo, por el narcotráfico y la inmigración ilegal. Es la otra cara de la "apertura".
Nuestros sueños de Primer Mundo se convirtieron en pesadilla. Los pobres siguieron siendo pobres. Y los ricos se hicieron más ricos. El país quedó en manos de una oligarquía. La corrupción y el crimen organizado crecieron, reclutando jóvenes sin oportunidades. Nos dimos cuenta que el mercado estadounidense no sólo puede comprar mercancías legales, sino también ilegales. Los carteles mexicanos se volvieron los más grandes y poderosos del mundo. Se alimentaron de jóvenes excluidos. Y el Estado mexicano respondió con una guerra interna. Se disparó la violencia. Estamos sumidos en ese lodazal.
Los norteamericanos conservadores comenzaron a ver a México como un peligro, más que como un socio. Y como un país que sacó provecho de ellos. Trump quiere un muro que mantenga la violencia de los carteles fuera de su país. Y quiere revisar o liquidar un tratado que siente disparejo.
La derecha impuso su modelo pensando en el desarrollo de la economía del país. Pero no se preocupó de que la riqueza se distribuyera. Se engañó pensando que si a la burguesía le iba bien, le iría bien a todos. No fue así.
Este modelo parece condenado. Hasta su más férreo defensor aceptaría que hay que diversificar las exportaciones y reducir la extrema dependencia hacia Estados Unidos. Pero eso seguirá siendo insuficiente si no se resuelve el problema de fondo: en México hay muchos pobres y las brechas entre los más ricos y los más desfavorecidos son enormes. El país es caldo de cultivo del crimen. Y la solución de militarizar la seguridad pública ha llevado a un baño de sangre.
El proyecto de la derecha está agotado, por donde se lo mire. Es momento de la izquierda, de una que redistribuya la riqueza, que se plantee como prioridad reducir la desigualdad y la pobreza. A la par, debe superarse la dependencia hacia Estados Unidos. Y debe en todo momento defenderse la soberanía nacional. En pocas palabras, debe reemplazarse el modelo implementado por la derecha y construirse otro, enfocado en un desarrollo más justo.
La derecha se resistirá a los cambios. La oligarquía defenderá con uñas y dientes sus privilegios. Pero la historia es nuestra. Y la hacen los pueblos.

sábado, 31 de marzo de 2018

Izquierdas, democracia y dictadura


Durante décadas, Estados Unidos se encargó de que en América Latina no hubiera gobiernos de izquierda. Su argumento fue el "peligro comunista". Prefirió apoyar golpes militares y dictaduras, que dejaron un rastro de muertos y desaparecidos. El miedo a la izquierda condujo al fascismo, como en Italia o Alemania, en los años 30.
En los inicios del nuevo milenio, terminada la Guerra Fría, varios países lograron, por la vía democrática, hacer una transición a la izquierda: Venezuela, Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Chile. Los resultados han sido mixtos, las izquierdas han sido plurales. En varios países ha habido ya periodos de izquierda y de derecha, movimiento, como sucede normalmente en una democracia.
En México no ha llegado esa transición. Las izquierdas no han tenido oportunidad de aportar desde el poder. El argumento ha sido el mismo del periodo de entreguerras en Europa o de la Guerra Fría en América Latina, el "peligro del comunismo", como si todas las izquierdas fueran comunistas, como si todo fuera válido contra el comunismo y el socialismo, como si los fracasos socialistas no fuera en parte resultado de los ataques en su contra.
Ésa propaganda contra las izquierdas se vende como marketing aquí y en todo el hemisferio. Lo mismo que de dice aquí contra López Obrador se dice en Guatemala, en El Salvador, en Honduras, en Colombia y en todo país donde hay una opción electoral de izquierda. Sin dudarlo se la tacha de "comunista" y luego se le carga con todas las fallas y errores de regímenes como el de la Unión Soviética, China, Cuba y ahora Venezuela.
Y nunca se dice o se aclara que en todas las democracias hay izquierdas y derechas, que en Europa se bascula de un lado a otro sin problemas, que en España, en Alemania, en Italia, en Francia, en Reino Unido, a veces hay gobiernos conservadores y a veces los hay progresistas, a veces más proteccionistas, a veces más liberales, a veces más socialdemócratas, a veces incluso se va a los extremos, de izquierda o de derecha. Es la vida democrática.
En México los enemigos de la izquierda se ponen varias máscaras, pero su discurso es el mismo que se usó para aplastar cualquier intento de democracia en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX, es el discurso que validó el golpe contra Allende y la dictadura de Pinochet, la dictadura en Argentina, en Brasil, en Uruguay. Y también es el discurso que validó la matanza de estudiantes en 1968 en México. Es el discurso del miedo y odio al socialismo, haya o no socialismo.
Es la fobia a la izquierda, que más bien es el esfuerzo por conservar regímenes oligárquicos, desiguales, injustos y alineados a Estados Unidos.
Los enemigos a la democracia han sido no sólo esas dictaduras socialistas tan citadas y referidas sino también aquellos que en nombre de la libertad han reprimido todo intento, democrático o revolucionario, de transformar la realidad social. En su afán por conservar un estado de cosas e impedir a toda costa la llegada de un gobierno de izquierda, han utilizado el fraude, la coacción, la propaganda negra e incluso el golpe de Estado.
Una democracia madura permite las transiciones entre partidos y posturas. La izquierda es parte de la democracia. Los que la odian y quisieran borrarla, en nombre de la libertad y la democracia, quisieran un sistema derechizado, inevitablemente conservador, donde no se pudiera elegir nunca algo realmente distinto, donde no se pudiera transformar nada de fondo. Y eso ya no sería una democracia.
El miedo a la izquierda con el espantajo del socialismo ha representado y representa una amenaza contra la democracia, la libertad y la capacidad de transformación social.
Los que recurren a ese tipo de propaganda lo hacen porque les pagan por ello, porque tienen intereses particulares en juego o porque han sido adoctrinados. Pero en el fondo sirven para la preservación de un sistema vigente, el statu quo del capitalismo neoliberal, oligárquico y neocolonizado.
Hay que elevar el debate, aceptando, para empezar, que en una democracia liberal la izquierda y la derecha tienen derecho a existir y a participar en las transiciones. Que es sano que una y otra tengan su oportunidad.
Sin duda hay izquierdas (y derechas) que amenazan esa democracia. Pero no todas las izquierdas ni todas las derechas son así. La propaganda de derecha selecciona solamente ejemplos de izquierdas que anularon o dañaron la democracia liberal, pero hay muchos más ejemplos de izquierdas que se mantienen en ese orden democrático.
Cuando la derecha Iguala a todas las izquierdas, las pinta a todas como "socialistas" o "comunistas" y como un peligro contra la democracia, entonces esa derecha comienza a parecerse a las derechas antidemocráticas, golpistas y fascistas.

domingo, 18 de marzo de 2018

López Obrador y la propaganda de Venezuela


En América Latina hay varios países que han tenido gobiernos de izquierda en las últimas dos décadas. Venezuela es uno, pero hay muchos otros, con resultados mixtos.
Chile, por ejemplo, es el país más desarrollado de América Latina (tomando como referencia el IDH). Ha tenido desde el año 2000 tres periodos presidenciales con gobiernos de izquierda. Ricardo Lagos (2000 - 2006) gobernó con el programa del Partido por la Democracia, que se define como de izquierda progresista. Lo sucedió Michelle Bachelet, del Partido Socialista, quien gobernó dos periodos, de 2006 a 2010, y de 2014 hasta la semana pasada, pues el 11 de marzo cedió el poder a Sebastián Piñera.
El segundo país más desarrollado es Argentina. En 2003, después de un periodo políticamente muy complicado en medio de crisis económicas, llegó a la presidencia Néstor Kirchner. Estuvo en la Casa Rosada dos periodos, hasta diciembre de 2007. Su esposa, ahora viuda, Cristina Fernández, lo reemplazó y gobernó también dos periodos consecutivos, de 2007 hasta diciembre de 2015. Ambos fueron postulados por el Partido Justicialista, núcleo del peronismo, con su base social entre los sectores más desfavorecidos.
El tercer país más desarrollado de América Latina es Uruguay. En 2005 llegó al poder Tabaré Vázquez, del Frente Amplio, una agrupación política de izquierda que se define como antioligárquica y antiimperialista. Lo sucedió José Mujica, de la misma plataforma, quien en su juventud había sido guerrillero marxista. Actualmente, Tabaré Vázquez cumple su segundo periodo presidencial, que durará hasta 2020, año en que esta izquierda uruguaya cumplirá 15 años en el poder.
Otra experiencia de izquierda a destacar es la de Brasil, con Lula da Silva (2003 - 2011) y Dilma Rousseff (2011 - 2016), quien fue depuesta por un golpe legislativo.Otros gobiernos de izquierda en la región son el de Ecuador, el de Bolivia y el de Nicaragua.
En ninguno de los países mencionados se ha visto algo parecido a la crisis en Venezuela, por lo que si queremos entenderla, tendríamos que comenzar por describirla desde dentro y de manera muy específica. No es un fenómeno regional ni es algo que se haya presentado en todos o en la mayoría de los gobiernos de izquierda de los últimos años.
Visto desde esta perspectiva, nos podemos preguntar qué sentido o qué fundamento tiene asociar a López Obrador con Venezuela. Si decimos que él es un político de izquierda, ¿por qué no compararlo con Bachelet, con Néstor Kirchner, con José Mujica, con Lula da Silva o con Rafael Correa? ¿Por qué sí con Maduro o con Chávez? Habiendo tantos ejemplos, ¿por qué Venezuela?
La respuesta es fácil: porque Venezuela ha tenido problemas y, para hacer propaganda, es útil vincular a López Obrador. Es algo que han hecho y hacen las derechas en Argentina, en Brasil, en Chile, en Colombia, en Uruguay y hasta en España. Se trata de usar al país con gobierno de izquierda más atacado y sumido en crisis para golpetear a todas las opciones de izquierda, por más distintas que sean.
En el fondo, es un disparate. La situación de Venezuela es única, es una excepción en la región, hablando de países con gobiernos de izquierda o de derecha, y se le tendría que estudiar de cerca.
López Obrador y su propuesta, como fenómeno políticos, son tan únicos como el kirchnerismo en Argentina o el lulismo en Brasil o la izquierda uruguaya. Se les tendría que analizar en sí mismos y sin duda sería arriesgado prever resultados o escenarios. Lo que se sale de todo límite es profetizar que en México pasará lo mismo que pasó en Venezuela. Eso es sólo propaganda que podrían creerse los sectores desinformados.
Y a eso apuestan las derechas aquí en México y en muchos países de Iberoamérica, a asustar a los votantes en el mayor número posible. No es un análisis ni es una campaña limpia u honesta, es marketing de miedo. Y nada más.
Entender a López Obrador y criticarlo exigiría un mayor esfuerzo y, si se será honesto intelectualmente, en el caso de las analogías o comparaciones se tendría que ser más amplio, incluyendo experiencias en otros países de la región.
Decirle simplemente "socialista" y de ahí pasar a pintarlo como un Chávez, un Stalin o un Pol Pot es no sólo algo vulgar sino risible, si no fuera porque es un intento de manipulación de ciudadanos electores.