jueves, 5 de abril de 2018

Donald Trump y la hora de la izquierda


El modelo económico que construyeron el PRI y el PAN se basa en la dependencia hacia Estados Unidos, con el TLCAN como principal instrumento.
En la actualidad, Estados Unidos es el destino del 80% del total de exportaciones de México. El segundo país al que se exporta más es Canadá, con sólo el 3% aproximadamente. Por exportaciones a Estados Unidos, México recibe alrededor de 300 mil millones de dólares. Igualmente, las remesas que envían los mexicanos en Estados Unidos representan una gran fuente de divisas, alrededor de 29 mil millones de dólares cada año.
Fue imprudente diseñar un modelo con ese grado de dependencia. Si la economía de Estados Unidos tiene problemas, como en 2008 - 2009, puede haber un descenso en sus importaciones. En relación a 2008, en 2009, el peor año de la crisis financiera, las exportaciones cayeron 26%. Y también hay riesgos por motivos políticos. Como ahora con Trump, que amenaza con terminar el TLCAN. Si el tratado se cae o se modifica a gusto de los norteamericanos, el volumen de exportaciones se puede ver afectado.
El plan de la casta política del PRI y del PAN fue liberalizar la economía, a la vez que se la "integraba" a Norteamérica. Hubo beneficios en la apertura en cuanto al crecimiento de las exportaciones, si bien la distribución de la riqueza ha dejado mucho que desear. México es un país más desigual y la pobreza sigue siendo un problema persistente.
El modelo cuelga de alfileres con Trump. México se encandiló con la oportunidad de exportar a Estados Unidos de manera libre, con el TLCAN. Eran tiempos del fin de la Guerra Fría y se previó un dominio unipolar estadounidense, con a caída de la Unión Soviética. La derecha liberal mexicana quiso treparse al carro de los ganadores. En el camino, marcamos distancia con el sur. Nos hicieron creer que seríamos de Primer Mundo, enganchados a los vecinos del norte.
La crisis de 2008 - 2009 y ahora Trump han sido baldes de agua fría, que nos han despertado de aquellos sueños incumplidos. El mundo ha cambiado, resulta que no es unipolar. China y Rusia han resurgido y otras economías, como la India, Brasil, Sudáfrica y varios países del sudeste asiático, representan polos de desarrollo económico.
Estados Unidos, bajo Trump, sigue una pauta de las derechas ahora proteccionistas y "desglobalizadoras", busca cerrarse, se siente amenazado por el crecimiento de otras potencias, por la amenaza del terrorismo, por el narcotráfico y la inmigración ilegal. Es la otra cara de la "apertura".
Nuestros sueños de Primer Mundo se convirtieron en pesadilla. Los pobres siguieron siendo pobres. Y los ricos se hicieron más ricos. El país quedó en manos de una oligarquía. La corrupción y el crimen organizado crecieron, reclutando jóvenes sin oportunidades. Nos dimos cuenta que el mercado estadounidense no sólo puede comprar mercancías legales, sino también ilegales. Los carteles mexicanos se volvieron los más grandes y poderosos del mundo. Se alimentaron de jóvenes excluidos. Y el Estado mexicano respondió con una guerra interna. Se disparó la violencia. Estamos sumidos en ese lodazal.
Los norteamericanos conservadores comenzaron a ver a México como un peligro, más que como un socio. Y como un país que sacó provecho de ellos. Trump quiere un muro que mantenga la violencia de los carteles fuera de su país. Y quiere revisar o liquidar un tratado que siente disparejo.
La derecha impuso su modelo pensando en el desarrollo de la economía del país. Pero no se preocupó de que la riqueza se distribuyera. Se engañó pensando que si a la burguesía le iba bien, le iría bien a todos. No fue así.
Este modelo parece condenado. Hasta su más férreo defensor aceptaría que hay que diversificar las exportaciones y reducir la extrema dependencia hacia Estados Unidos. Pero eso seguirá siendo insuficiente si no se resuelve el problema de fondo: en México hay muchos pobres y las brechas entre los más ricos y los más desfavorecidos son enormes. El país es caldo de cultivo del crimen. Y la solución de militarizar la seguridad pública ha llevado a un baño de sangre.
El proyecto de la derecha está agotado, por donde se lo mire. Es momento de la izquierda, de una que redistribuya la riqueza, que se plantee como prioridad reducir la desigualdad y la pobreza. A la par, debe superarse la dependencia hacia Estados Unidos. Y debe en todo momento defenderse la soberanía nacional. En pocas palabras, debe reemplazarse el modelo implementado por la derecha y construirse otro, enfocado en un desarrollo más justo.
La derecha se resistirá a los cambios. La oligarquía defenderá con uñas y dientes sus privilegios. Pero la historia es nuestra. Y la hacen los pueblos.

sábado, 31 de marzo de 2018

Izquierdas, democracia y dictadura


Durante décadas, Estados Unidos se encargó de que en América Latina no hubiera gobiernos de izquierda. Su argumento fue el "peligro comunista". Prefirió apoyar golpes militares y dictaduras, que dejaron un rastro de muertos y desaparecidos. El miedo a la izquierda condujo al fascismo, como en Italia o Alemania, en los años 30.
En los inicios del nuevo milenio, terminada la Guerra Fría, varios países lograron, por la vía democrática, hacer una transición a la izquierda: Venezuela, Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Chile. Los resultados han sido mixtos, las izquierdas han sido plurales. En varios países ha habido ya periodos de izquierda y de derecha, movimiento, como sucede normalmente en una democracia.
En México no ha llegado esa transición. Las izquierdas no han tenido oportunidad de aportar desde el poder. El argumento ha sido el mismo del periodo de entreguerras en Europa o de la Guerra Fría en América Latina, el "peligro del comunismo", como si todas las izquierdas fueran comunistas, como si todo fuera válido contra el comunismo y el socialismo, como si los fracasos socialistas no fuera en parte resultado de los ataques en su contra.
Ésa propaganda contra las izquierdas se vende como marketing aquí y en todo el hemisferio. Lo mismo que de dice aquí contra López Obrador se dice en Guatemala, en El Salvador, en Honduras, en Colombia y en todo país donde hay una opción electoral de izquierda. Sin dudarlo se la tacha de "comunista" y luego se le carga con todas las fallas y errores de regímenes como el de la Unión Soviética, China, Cuba y ahora Venezuela.
Y nunca se dice o se aclara que en todas las democracias hay izquierdas y derechas, que en Europa se bascula de un lado a otro sin problemas, que en España, en Alemania, en Italia, en Francia, en Reino Unido, a veces hay gobiernos conservadores y a veces los hay progresistas, a veces más proteccionistas, a veces más liberales, a veces más socialdemócratas, a veces incluso se va a los extremos, de izquierda o de derecha. Es la vida democrática.
En México los enemigos de la izquierda se ponen varias máscaras, pero su discurso es el mismo que se usó para aplastar cualquier intento de democracia en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX, es el discurso que validó el golpe contra Allende y la dictadura de Pinochet, la dictadura en Argentina, en Brasil, en Uruguay. Y también es el discurso que validó la matanza de estudiantes en 1968 en México. Es el discurso del miedo y odio al socialismo, haya o no socialismo.
Es la fobia a la izquierda, que más bien es el esfuerzo por conservar regímenes oligárquicos, desiguales, injustos y alineados a Estados Unidos.
Los enemigos a la democracia han sido no sólo esas dictaduras socialistas tan citadas y referidas sino también aquellos que en nombre de la libertad han reprimido todo intento, democrático o revolucionario, de transformar la realidad social. En su afán por conservar un estado de cosas e impedir a toda costa la llegada de un gobierno de izquierda, han utilizado el fraude, la coacción, la propaganda negra e incluso el golpe de Estado.
Una democracia madura permite las transiciones entre partidos y posturas. La izquierda es parte de la democracia. Los que la odian y quisieran borrarla, en nombre de la libertad y la democracia, quisieran un sistema derechizado, inevitablemente conservador, donde no se pudiera elegir nunca algo realmente distinto, donde no se pudiera transformar nada de fondo. Y eso ya no sería una democracia.
El miedo a la izquierda con el espantajo del socialismo ha representado y representa una amenaza contra la democracia, la libertad y la capacidad de transformación social.
Los que recurren a ese tipo de propaganda lo hacen porque les pagan por ello, porque tienen intereses particulares en juego o porque han sido adoctrinados. Pero en el fondo sirven para la preservación de un sistema vigente, el statu quo del capitalismo neoliberal, oligárquico y neocolonizado.
Hay que elevar el debate, aceptando, para empezar, que en una democracia liberal la izquierda y la derecha tienen derecho a existir y a participar en las transiciones. Que es sano que una y otra tengan su oportunidad.
Sin duda hay izquierdas (y derechas) que amenazan esa democracia. Pero no todas las izquierdas ni todas las derechas son así. La propaganda de derecha selecciona solamente ejemplos de izquierdas que anularon o dañaron la democracia liberal, pero hay muchos más ejemplos de izquierdas que se mantienen en ese orden democrático.
Cuando la derecha Iguala a todas las izquierdas, las pinta a todas como "socialistas" o "comunistas" y como un peligro contra la democracia, entonces esa derecha comienza a parecerse a las derechas antidemocráticas, golpistas y fascistas.

domingo, 18 de marzo de 2018

López Obrador y la propaganda de Venezuela


En América Latina hay varios países que han tenido gobiernos de izquierda en las últimas dos décadas. Venezuela es uno, pero hay muchos otros, con resultados mixtos.
Chile, por ejemplo, es el país más desarrollado de América Latina (tomando como referencia el IDH). Ha tenido desde el año 2000 tres periodos presidenciales con gobiernos de izquierda. Ricardo Lagos (2000 - 2006) gobernó con el programa del Partido por la Democracia, que se define como de izquierda progresista. Lo sucedió Michelle Bachelet, del Partido Socialista, quien gobernó dos periodos, de 2006 a 2010, y de 2014 hasta la semana pasada, pues el 11 de marzo cedió el poder a Sebastián Piñera.
El segundo país más desarrollado es Argentina. En 2003, después de un periodo políticamente muy complicado en medio de crisis económicas, llegó a la presidencia Néstor Kirchner. Estuvo en la Casa Rosada dos periodos, hasta diciembre de 2007. Su esposa, ahora viuda, Cristina Fernández, lo reemplazó y gobernó también dos periodos consecutivos, de 2007 hasta diciembre de 2015. Ambos fueron postulados por el Partido Justicialista, núcleo del peronismo, con su base social entre los sectores más desfavorecidos.
El tercer país más desarrollado de América Latina es Uruguay. En 2005 llegó al poder Tabaré Vázquez, del Frente Amplio, una agrupación política de izquierda que se define como antioligárquica y antiimperialista. Lo sucedió José Mujica, de la misma plataforma, quien en su juventud había sido guerrillero marxista. Actualmente, Tabaré Vázquez cumple su segundo periodo presidencial, que durará hasta 2020, año en que esta izquierda uruguaya cumplirá 15 años en el poder.
Otra experiencia de izquierda a destacar es la de Brasil, con Lula da Silva (2003 - 2011) y Dilma Rousseff (2011 - 2016), quien fue depuesta por un golpe legislativo.Otros gobiernos de izquierda en la región son el de Ecuador, el de Bolivia y el de Nicaragua.
En ninguno de los países mencionados se ha visto algo parecido a la crisis en Venezuela, por lo que si queremos entenderla, tendríamos que comenzar por describirla desde dentro y de manera muy específica. No es un fenómeno regional ni es algo que se haya presentado en todos o en la mayoría de los gobiernos de izquierda de los últimos años.
Visto desde esta perspectiva, nos podemos preguntar qué sentido o qué fundamento tiene asociar a López Obrador con Venezuela. Si decimos que él es un político de izquierda, ¿por qué no compararlo con Bachelet, con Néstor Kirchner, con José Mujica, con Lula da Silva o con Rafael Correa? ¿Por qué sí con Maduro o con Chávez? Habiendo tantos ejemplos, ¿por qué Venezuela?
La respuesta es fácil: porque Venezuela ha tenido problemas y, para hacer propaganda, es útil vincular a López Obrador. Es algo que han hecho y hacen las derechas en Argentina, en Brasil, en Chile, en Colombia, en Uruguay y hasta en España. Se trata de usar al país con gobierno de izquierda más atacado y sumido en crisis para golpetear a todas las opciones de izquierda, por más distintas que sean.
En el fondo, es un disparate. La situación de Venezuela es única, es una excepción en la región, hablando de países con gobiernos de izquierda o de derecha, y se le tendría que estudiar de cerca.
López Obrador y su propuesta, como fenómeno políticos, son tan únicos como el kirchnerismo en Argentina o el lulismo en Brasil o la izquierda uruguaya. Se les tendría que analizar en sí mismos y sin duda sería arriesgado prever resultados o escenarios. Lo que se sale de todo límite es profetizar que en México pasará lo mismo que pasó en Venezuela. Eso es sólo propaganda que podrían creerse los sectores desinformados.
Y a eso apuestan las derechas aquí en México y en muchos países de Iberoamérica, a asustar a los votantes en el mayor número posible. No es un análisis ni es una campaña limpia u honesta, es marketing de miedo. Y nada más.
Entender a López Obrador y criticarlo exigiría un mayor esfuerzo y, si se será honesto intelectualmente, en el caso de las analogías o comparaciones se tendría que ser más amplio, incluyendo experiencias en otros países de la región.
Decirle simplemente "socialista" y de ahí pasar a pintarlo como un Chávez, un Stalin o un Pol Pot es no sólo algo vulgar sino risible, si no fuera porque es un intento de manipulación de ciudadanos electores.

domingo, 11 de marzo de 2018

El PRI, AMLO y lo siniestro


Lo siniestro es aquello que resulta demasiado extraño sólo porque es demasiado familiar, aquello que nos aterroriza en el otro porque, inconscientemente, vemos en él algo de nosotros que negamos o rechazamos.
Eso que nos parece tan terrible en alguien más en realidad es algo que portamos dentro, que mantenemos sepultado y que de pronto se nos presenta, removiéndonos. Lo siniestro es "aquello que, debiendo permanecer oculto, se revela" (Schelling)
El PRI fue el partido mestizo y populista por excelencia, el partido que recogió los frutos de la revolución de 1910, el partido revolucionario, el partido de la masa popular en armas. Se trató de institucionalizar esa revolución, de hacer de ella un nuevo Estado y un nuevo régimen.
El PNR, después PRI, fue el partido de las grande mayorías mestizas, de clase trabajadora. Retomó las formas comunales de propiedad de la tierra, formó la jubilación, el seguro social, la educación pública. Formó también los grandes sindicatos y las grandes centrales obreras y campesinas.
Se convirtió en el partido de Estado, una gigantesca organización que estaba por todos lados, que todo lo controlaba, que todo administraba y llenaba de burócratas. Siempre fue odiado por la derecha, por los católicos más reaccionarios. Fue el partido masón, juarista, moreno, ateo, estatista.
Llegó la época de cambios, con Thatcher y con Reagan. Y en el seno mismo del PRI apareció y creció una capa de intelectuales y economistas que se alinearon con esa tendencia, llamada neoliberalismo.
Abrieron, desmantelaron lo que pudieron del Estado, privatizaron, vendieron, adelgazaron al gobierno y la administración pública. Dejaron en manos de tecnócratas el manejo de la economía, se lanzaron contra las formas de propiedad no privada.
Los neoliberales operaron en contra de lo que el PRI siempre había sido. Relanzaron relaciones con El Vaticano, dieron rienda suelta a la educación religiosa, golpearon a la clase popular, a los obreros y a los campesinos. De repente, habían sepultado lo que habían sido. Y pretendieron olvidarlo.
Pero también en su seno nació la resistencia frente a eso, es la izquierda electoral contemporánea, el PRD y ahora Morena.
Ahora el priista ve en Andrés Manuel López Obrador a su contrario. Lo acusa de populista, demagógico, estatista, es decir, de aquello que el PRI mismo fue durante tres cuartos de siglo.
El PRI ve en López Obrador lo que el PRI era. Lo que señala en él es lo que fue como partido, lo que sigue siendo en el fondo, el partido populista, el partido corporativo, el partido clientelar, el partido de Estado, el partido que basa su poder en el control y manipulación de la masa popular.
Lo que le parece extraño en López Obrador es sólo lo que le es demasiado familiar. Lo que lo aterroriza en Morena es aquello que debía haber sido sepultado, aquello que debía permanecer oculto, pero ahora se revela.
Ataca en López Obrador un reflejo de su interior, de su propia historia.
El PRI sabe del inmenso poder que tiene el populismo, que tiene la organización y el apoyo de las masas trabajadoras mestizas. Y eso es lo que teme en López Obrador.
Y aunque gran parte de sus temores son ficciones, no soporta ni la sugerencia, el tufo, el esbozo de sí mismo en otro.

sábado, 3 de marzo de 2018

Federici en el CUCSH



La conferencia de Silvia Federici fue hasta cierto punto improvisada, de formato libre. Ella no leyó sino que fue conectando temas como en una charla. De cualquier forma, pudo notarse claramente el tipo de feminismo que propone.
Se trata de un feminismo que denuncia lo sistémico y le pone nombre, es el capitalismo. Es un feminismo con base histórica, económica, política. Federici es una autora marxista, crítica, con aportaciones propias, que ha abierto nuevos caminos de discusión dentro del marxismo y dentro del feminismo.
El núcleo de su propuesta teórica es la reconstrucción de una etapa primigenia del capitalismo que se conoce como "acumulación originaria", en el tránsito del feudalismo a la sociedad capitalista. En el marxismo, se trata de un periodo con antecedentes desde el siglo XIV o XV, pero que se acelera en el siglo XVI y hasta el siglo XVIII.
La conversión del feudalismo en capitalismo es una historia de despojo. El caso paradigmático es la propiedad de la tierra. El siervo feudal no es propietario de la parcela que le toca, pero tiene derecho a cultivarla y trabajarla y a subsistir gracias a ella. Está atado generacionalmente a su terruño, no es nada fuera de él, y a su señor, a quien sirve.
El capitalismo rompe con la servidumbre, convierte al señor feudal en propietario privado, la tierra se vuelve enajenable, y el siervo pasa a estar "libre" para convertirse en asalariado. Se forma toda una capa de desposeídos, que vagan por los caminos, sin tierra, sin señor y sin medios de subsistencia. Son el ejército de futuros proletarios, que sólo poseen su fuerza de trabajo para vender.
Federici agrega a esta historia la cuestión de la mujer. La caza de brujas, como ella la expone, es la manera en la mujer es sometida a las nuevas condiciones de producción. La mujer tiene que ceñirse al ámbito doméstico, para que cocine, lave, limpie, conciba y cuide a los hijos, mientras el varón vende su fuerza de trabajo como asalariado. La diferencia es que la mujer no recibe una remuneración y es dependiente del varón, su marido en una familia monogámica.
De suerte que la familia nuclear patriarcal se vuelve un requisito indispensable para la sociedad capitalista. El varón obrero, campesino, asalariado, es un subordinado del capitalista y el terrateniente, su salario es la fuente de ingreso de la familia y la configura. No tiene sólo un significado económico sino también político y estructural.
El salario que el capitalista paga al trabajador hace de este último el "jefe" de familia. La mujer y los hijos dependen de ese salario que él recibe. Y entran entonces en una relación de dependencia. Si fuera de la casa, en la producción, el burgués es el patrón del obrero pues el propietario de los medios de producción y el que paga el salario, dentro de la casa el asalariado es el patrón de la mujer, una trabajadora no remunerada, y de los hijos, completamente a su merced.
Hay, pues, una continuidad entre el afuera y el adentro del ámbito doméstico. La violencia estructural de la explotación capitalista se viene a reproducir en la casa. Y así debe ser para que funcione todo el sistema. Si la mujer no realiza el trabajo doméstico, el asalariado no tiene forma de vender su fuerza de trabajo al burgués.
Si la mujer se rehúsa a cumplir con sus labores, es violentada por el varón, que es más que su patrón, casi su dueño. La mujer debe ser sumisa, debe cumplir con su trabajo doméstico y también debe cumplir con su trabajo sexual, según el ritmo que marca el varón.
La vida de la mujer está administrada por el "jefe" de familia, no es propiamente dueña de su cuerpo, que debe emplear para trabajar sin remuneración por su condición dependiente, que debe poder para parir y así reproducir a los miembros de la clase trabajadora, que debe poner para satisfacer el erotismo del marido. Ni su cuerpo, ni su erotismo, ni su sexualidad, ni su tiempo, todo está en manos del asalariado. La violencia es algo latente que se desata cuando el "jefe" no está contento con todos los trabajos que debe realizar la mujer. Igual en caso de los hijos.
La familia configurada en el contexto del capitalismo es esencialmente violenta, desigual e injusta, como el sistema mismo. Existe en y para ese sistema.
El feminismo de Federici es anticapitalista. El anticapitalismo de Federici es feminista. Ella no está interesada en hacer señalamientos individualizados o que demonizan a los varones por ser tales. Lo que señala es la masculinidad troquelada en el marco de las relaciones capitalistas. Su denuncia es estructural. Su activismo de género tiene perspectiva de clase.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Wikipolítica y el marxismo


Uno de los esquemas ideológicos más usados en este momento es el de la oposición entre "sociedad civil" y "clase política". Los problemas serían en buena medida provocados por esa "clase política", enquistada en los partidos, y de lo que se trataría es de "reemplazarla" desde la sociedad civil organizada.

Es una visión que omite las divisiones en el seno mismo de la "sociedad civil". La toma como bloque, todos somos ciudadanos y vamos a "reemplazar" a esos otros, que son los políticos. Es un típico discurso ideológico que pretende identificar a un grupo frente a otro. Es la clásica distinción "amigo - enemigo" de Carl Schmitt, que tiene como función unificar a un colectivo.

El marxismo tiene un esquema diferente. Aquí lo que está dividido es la propia "sociedad civil" en clases sociales. Está la clase trabajadora y la clase propietaria. Y la política es uno de los escenarios de esa lucha de clases. Las clases son primero económicas y después "clases políticas" (abusando del término), en el sentido de que primero está la oposición en el plano de las funciones económicas (explotador - explotado) y después en el plano de la lucha política, con los partidos burgueses y pequeñoburgueses, por un lado, y el partido o los partidos de la clase trabajadora, por el otro.

Todos aquí son ciudadanos y todos aquí son también seres políticos, siguiendo a Aristóteles. Pero no todos son explotados y tampoco todos son explotadores. Ésa sí es una división concreta y real entre sectores, grupos, estratos. Hay quien vende su fuerza de trabajo y hay quien la compra. Hay burgueses y hay proletarios.

Pero cuando se viene a decir que por un lado estamos los "ciudadanos" y por otro la "clase política", se pretende ocultar esa diferencia en el seno mismo de los "ciudadanos". Entonces se forma un frente interclasista que se empeña por "reemplazar" a los "políticos". Y, en los hechos, son más bien miembros de la pequeña burguesía los que terminan por llegar a los puestos.

Y la agenda que desarrollan desde los puestos del Estado no contempla en ningún momento las banderas de la clase trabajadora y de los explotados. No se ve por ningún lado en su discurso el tema de los salarios, de las prestaciones, de la precarización del empleo, de las jubilaciones, los sindicatos, es decir, todos los tópicos de la lucha de los trabajadores.

Se trata solamente de un respiro al sistema de partidos burgueses, en momentos en los que se han desconectado del grueso de la población. Acusándolos como corruptos y cerrados, se genera esa mistificación de que los "políticos" son el problema y no, por ejemplo, los estratos privilegiados, los oligarcas, los que poseen los medios de producción, el capital, las minas, los talleres, las fábricas, las máquinas.

Se atribuye el poder a los "políticos" y no a la clase propietaria. Y se habla de "reemplazarles", pero sin tocar a los oligarcas ni a la burguesía. Muchos miembros de las clases bajas se suman, engañados por el discurso pequeñoburgués.

Pero todo esto podría servir, desde una perspectiva dialéctica. Pues la apertura de espacios para la "sociedad civil" bien podría ser aprovechada por plataformas construidas por la clase trabajadora organizada. Candidatos "independientes" con discurso proletario podrían aparecer.



Lo que puede preverse es que la pequeñaburguesía tema y se distancie inmediatamente de esas posturas "radicales". El punto es que quizá no pueda detener ni controlar lo que ha iniciado.

domingo, 3 de diciembre de 2017

La FIL como microcosmos



Raúl Padilla es casi un ejemplar, un personaje que en su trayectoria vital y política reproduce un movimiento mayor. Ante nosotros se presentan los grandes eventos que él preside, y de los cuales la FIL es el más importante. Lo vemos ahí rodeado de intelectuales de reconocimiento internacional, de escritores, artistas, hombres de Estado, políticos, diplomáticos, editores. Es un ambiente en el que parece estar cómodo, es un lugar que él ha buscado y que disfruta.
En ese sitio, lleno de prestigio, de luces, de solemnidad, parece no filtrarse una sola imagen de la historia personal de Raúl Padilla y de la estructura que controla, ésa sobre la que se asienta todo ese conjunto de eventos culturales.
Parece casi estridente, fuera de lugar, sucio, hablar de sus inicios, violentos y oscuros, en la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG). No parece propio tampoco hablar de la forma en la que, traicionando a sus propios mentores, se hizo del control de la Universidad de Guadalajara a fines de los años ochenta. Y nadie tendría el mal gusto de referirse al tipo de control que ejerce a la fecha sobre la universidad. Todo eso, que forma parte de su identidad, se omite en favor de la parafernalia, del oropel, el brillo, la limpieza, el aura de la cultura y las artes que él promovería.
Raúl Padilla es un político. Y sus prácticas políticas son las propias de ese México anterior, el México "estatista" del "viejo PRI" que, según se nos dice, ha recorrido un difícil camino a la Modernidad. Raúl Padilla escaló en esa estructura, se hizo hábil en el patrimonialismo, el corporativismo, el jefismo, el nepotismo, el amiguismo, los favoritismos, el maiceo, la cooptación, el amedrentamiento, la simulación. Su poder aumentó increíblemente. Con la rectoría asegurada, se apoderó también del PRD en el estado, al que ha dejado casi en el orden de la insignificancia. Su expansión requirió nuevos espacios y los encontró en el PRI, donde varios de los miembros de su círculo más cercano, incluyendo algunos de sus parientes, han hecho carrera.
Pero él no sólo ha hecho política. También es un hombre de negocios. En un esquema sui generis, el capital que invierte es dinero público del presupuesto universitario, cuyo ejercicio él decide a través de la autoridad de facto que tiene en el Consejo General Universitario, el órgano máximo de gobierno de la universidad y el que diseña los presupuestos de ingresos y de egresos de la institución. Ha sido polémico, con la construcción de auditorios, teatros y foros esgrimiendo la misión sustantiva y estatutaria de la difusión de la cultura.
Sobre el control político, entonces, él ha obtenido la liberta de emprender negocios, no sólo culturales, también inmobiliarios, hoteleros, de escuela de idiomas, de espectáculos, deportivos y todos esos ramos que cubre el Corporativo de Empresas Universitarias. Y ha erigido también sobre ese dominio un cúmulo de eventos culturales de importancia, donde, como decíamos, la FIL es la joya de la corona.
Él encarna la "modernización". Ese proceso que, extrañamente, inició el propio PRI, el partido que dio perfil a ese estatismo que debía ser modernizado. En su propio seno surgió una corriente novedosa, dispuesta a desmontar lo que el Estado en la economía parecía dirigir con efectos negativos. Y aquí vienen las paradojas, las contradicciones, lo pasmoso: para llevar a cabo esa "modernización" se ha tenido que hacer uso de las mismas estructuras que pretende modernizar. Eso, por ejemplo, contra la izquierda electoral, que, nacida también en el mismo PRI, encontró impulso en el discurso que se opuso a ese proceso "modernizador", conocido como "neoliberal".
De manera que en el mismo PRI estatista nació la opción de la apertura. Y en ese mismo PRI se preservan los corporativismos en los sectores obreros y campesinos, los patrimonialismos, los cacicazgos, los amguismos, la simulación, los fraudes, la compra de votos, la cooptación, el amedrentamiento. El proyecto modernizador parece depender de que ese PRI premoderno siga funcionando. El riesgo es que la izquierda lo venza y eche abajo todo lo construido, sea con afanes de restauración (en una izquierda "conservadora", nacionalista) o sea con afanes verdaderamente progresistas.
La FIL brilla como negocio y como evento cultural. No reconocemos en ella su base, sobre lo que se asienta, el poder corporativo, premoderno, de Raúl Padilla, un actor criado en ese México salvaje, corrupto hasta la médula. Sobre esa raíz, sobre esos cimientos, ha surgido el gran espacio del negocio para la industria del libro. Y por encima de ambos refulge esplendorosa esa sedante celebración de la cultura, que viene a hacernos olvidar lo sucio del comercio y, todavía más, lo subyacente de lo político, ahí donde laten, horribles, las verdades, donde persiste lo determinante.
Quizá por estética, quizá por salud mental, nos dejamos enamorar por los salones, los libros, los intelectuales, el goce de las artes, los campos floridos del Parnaso, el baile de las musas. Empezamos obnubilados por la apariencia, la bella apariencia, y sólo después arribamos al núcleo de lo político, eso que está primero y en la base. Detrás del hombre de cultura vemos al hombre de negocios y detrás de ambos al político premoderno que ha hecho posible el evento. Siguiendo a Aristóteles, lo último en el orden del análisis es lo primero en el orden de la génesis.
En la FIL nos damos cuenta que la cultura no es libre, que depende de la forma mercantil. Y que, esencia del México moderno, la implantación de esa forma ha dependido de la preservación de prácticas premodernas de dominio.